domingo, 15 de marzo de 2015

Bitácora


Pienso tanto en las cosas diarias, y me aturde y me harta esa rutina monótona, las acciones preestablecidas para llevar a cabo, los mecanismos que se deben realizar para que el mundo de vueltas como deben darse. Cada mañana trato de convencerme de que mi cama no es mi mejor amante, y trato de llenarme con olas de optimismo. Despierto, me cambio, bajo las escaleras, tomo las llaves, se abre la puerta, se cierra la puerta, subo al auto. ¡No es nada fácil manejar todos los días en una ciudad con tanto tráfico y con tanto calor! Mis agitaciones se acumulan el fin de semana y explotan cada lunes del inicio de la misma. La vida presiona un poco… en realidad, ¡presiona demasiado! El camino de todos los días aplasta mi cerebro y me deja ciega de mis propias visiones, me hacen pensar que estoy justo donde debo, pero no es así, no es así.
Siempre que llego al destino final me encuentro tan perdida, soy tan pequeña que entro con relativa facilidad entre la marea de gente, y a veces lo que quisiera es perderme y entrar en otra dimensión a través de esos túneles que se forman entre las siluetas de la masa que atraviesan los espacios de cada lugar. Tratar con personas extrañas me cansa, me siento sofocada con las energías dominantes de los grupos, y luego tener que comenzar a pretender una sonrisa y empujarme los temas de conversación.
Un día lúgubre tuve que ponerme la máscara para que no me preguntaran mi estado de ánimo, y no tener que pretender como regularmente me toca hacerlo. Sin embargo, en un instante casi me caigo y casi insulto a alguien distraído en el camino. Decidí colocarme los audífonos y prender el shuffle en el ipod, en ese momento iba sonando Nothing else matters de Metallica, y como siempre, la música logra controlar esas emociones violentas que quieren surgir desde lo más hondo de mi océano.  Después de unos minutos de haberme sumergido en las melodías, mi sonrisa fluye de vez en cuando. Pero el ambiente era un poco extraño, siempre se torna extraño después de haberme encerrado unos instantes en el planetario de mis neuronas. Y me encuentro tan perdida cuando debo volver a la realidad frente a mis sentidos.

Jamás pensé que hablar conmigo mismo fuera tan incómodo. Jamás pensé que no me daría cuenta de lo que realmente estaba ocurriendo. Puedo tener una imaginación con dudas, y por eso no me fijaba en mi estado suspendido en el aire.  Un desconocido me socorre tocándome el hombro para que deje de golpearme contra el vidrio, luego vuelvo a la dimensión de los mortales, abro los ojos completamente, abro todos mis sentidos mudos, y finalmente caigo en cuenta que no soy yo la que está viviendo en mi cuerpo.
Los rastros de energía que hemos dejado nos engañan pensando que seguimos en ese mismo lugar que solíamos habitar. Es un engaño.
 Antes de que salgamos del útero nos encontramos en un “nada” momentáneo y soluble en agua. Pero sin darnos cuenta, cuando ese movimiento se convierte en un estado inerte, volvemos a ese “nada” momentáneo, porque no sabremos en que nos tornaríamos después, ya que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma.

Lo  que me di cuenta es que había muerto, y no me había fijado que esos días monótonos en los que estaba transcurriendo, las personas que me tropezaban mientras caminaba, la marea de gente en la que me perdía, no me podían observar, y las que lo podían hacer estaban el mismo estado que yo me encontraba. Mis rastros de energía seguían en ese lugar, pero poco a poco se iban desvaneciendo, hasta que por fin pude ser libre de esa dimensión que me tenía atrapada. Ahora estoy en otra dimensión, la cual me deja navegar en otros mundos, experimentar las diferentes sensaciones que me otorga la infinidad cósmica. Seguramente después de unos tiempos luz cambiaré a otro estado, y seguramente ya no podré estar aquí relatándoles mi historia, ni hablando conmigo misma como lo he estado haciendo. Viajé. Regresé. Volví a viajar.

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