Pienso tanto en las cosas diarias, y me aturde y me harta
esa rutina monótona, las
acciones preestablecidas para llevar a cabo, los mecanismos que se deben
realizar para que el mundo de vueltas como deben darse. Cada mañana trato de convencerme de que mi cama no es
mi mejor amante, y trato de llenarme con olas de optimismo. Despierto, me
cambio, bajo las escaleras, tomo las llaves, se abre la puerta, se cierra la
puerta, subo al auto. ¡No es nada fácil manejar todos los días
en una ciudad con
tanto tráfico y con tanto calor! Mis
agitaciones se acumulan el fin de semana y explotan cada lunes del inicio
de la misma. La vida presiona un poco…
en realidad, ¡presiona demasiado! El camino de todos los días aplasta mi
cerebro y me deja ciega de mis propias visiones, me
hacen pensar que estoy justo donde debo, pero no es así, no es
así.
Siempre
que llego al destino final me encuentro
tan perdida, soy tan pequeña que entro con relativa facilidad entre la marea de
gente, y a veces lo que quisiera es perderme y entrar en otra dimensión a
través de esos túneles que se forman entre las siluetas de la masa que
atraviesan los espacios de cada lugar. Tratar
con personas extrañas me cansa, me siento sofocada con las energías dominantes
de los grupos, y luego tener que comenzar a pretender una sonrisa y empujarme
los temas de conversación.
Un día lúgubre tuve que ponerme la
máscara para que no me preguntaran mi estado de ánimo, y no tener que pretender
como regularmente me toca hacerlo. Sin embargo, en un instante casi me caigo y casi insulto a alguien
distraído en el camino. Decidí colocarme los audífonos y prender el shuffle en el ipod, en
ese momento iba sonando Nothing else matters de Metallica, y como siempre, la música logra
controlar esas emociones violentas que quieren surgir desde lo más hondo de mi
océano. Después de unos minutos de
haberme sumergido en las melodías, mi
sonrisa fluye de vez en cuando. Pero el ambiente era un poco extraño, siempre
se torna extraño después de haberme encerrado unos instantes en el planetario
de mis neuronas. Y me encuentro tan
perdida cuando debo volver a la realidad frente a mis sentidos.
Jamás
pensé que hablar conmigo mismo fuera tan incómodo. Jamás pensé que no
me daría cuenta de lo que realmente estaba ocurriendo. Puedo
tener una imaginación con dudas, y por eso no me fijaba en mi estado suspendido en el aire. Un
desconocido me socorre tocándome el hombro para que deje de golpearme contra el
vidrio, luego
vuelvo a la dimensión de los mortales, abro los ojos completamente, abro todos
mis sentidos mudos, y finalmente caigo en cuenta que no soy yo la que está
viviendo en mi cuerpo.
Los
rastros de energía que hemos dejado nos engañan pensando
que seguimos en ese mismo lugar que solíamos habitar. Es un engaño.
Antes de que salgamos del útero nos encontramos en un “nada” momentáneo y soluble en agua. Pero
sin darnos cuenta, cuando ese movimiento se convierte en un estado inerte,
volvemos a ese “nada” momentáneo, porque no sabremos en que nos tornaríamos
después, ya que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma.
Lo que me di cuenta
es que había muerto, y no me había fijado que esos días monótonos en los que
estaba transcurriendo, las personas que me tropezaban mientras caminaba, la
marea de gente en la que me perdía, no me podían observar, y las que lo podían
hacer estaban el mismo estado que yo me encontraba. Mis rastros de energía
seguían en ese lugar, pero poco a poco se iban desvaneciendo, hasta que por fin
pude ser libre de esa dimensión que me tenía atrapada. Ahora estoy en otra
dimensión, la cual me deja navegar en otros mundos, experimentar las diferentes
sensaciones que me otorga la infinidad cósmica. Seguramente después de unos
tiempos luz cambiaré a otro estado, y seguramente ya no podré estar aquí
relatándoles mi historia, ni hablando conmigo misma como lo he estado haciendo.
Viajé. Regresé. Volví a viajar.
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